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Qué pasó hace 33 años en Chernobyl: el drama atómico que recrea una exitosa serie

4 junio, 2019

El Infierno en la Tierra, esa metáfora que tantas veces se usa con frivolidad para definir hasta el disturbio en una cancha de fútbol…, sucedió realmente y con dimensiones colosales.

El sábado 26 de abril de 1986, la central nuclear Vladimir Ilich Lenin, hoy norte de Ucrania y en ese momento dominio de la URSS, lanzó hacia el cielo una nube de dióxido de uranio, carburo de boro, óxido de europio, erbio, circonio y grafito…, quinientas veces mayor que el histórico hongo sobre Hiroshima (agosto de 1945), nacimiento de la Era Atómica.

Lo inmediato: en la planta murieron dos empleados, y otros veintinueve en los tres meses siguientes.

Sus cuerpos fueron sepultados en un enorme hoyo en la tierra. Sus féretros, luego de cerrados, fueron depositados en otros sarcófagos, pero de plomo, y cerrados con soldadura en todo su contorno, y por fin, la fantasmal tumba fue cubierta con toneladas de cemento…

A diferencia de los sarcófagos egipcios, cuyas fauces fueron abiertas tantas veces y exhibidos los embalsamados faraones…, el estremecedor osario de Chernobyl no debe ser abierto jamás: algunos de los venenos que contaminaron los cuerpos pueden durar ¡hasta veinticuatro mil años!

El desastre y la tragedia de Chernobyl, a la par de la explosión nuclear del Fukushima I, Japón, 2011, son los más graves en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares, y es también una de las grandes catástrofes sufridas por el medioambiente.

La explosión de Chernobyl –palabra que en ruso significa “Vida negra” (¡!) sucedió en el reactor 4: un sobrecalentamiento descontrolado del núcleo del reactor que voló su tapa, de mil doscientas toneladas, y dejó escapar materiales que formaron una nube radiactiva que afectó, en distintas intensidades, a trece países de Europa central y oriental: Bielorrusia, Rusia, Ucrania, Escandinavia y gran parte del oeste de Europa.
Paradoja: el accidente se produjo… durante una prueba de seguridad (reducción de potencia). Pero también por una serie de torpezas, impericias, reacciones tardías de los empleados, y en un momento fatal: el cambio de turno de una de las tres dotaciones, que no le dio tiempo al equipo nocturno, recién llegado, para reaccionar según el protocolo. Pero en realidad, la prueba de seguridad debía ser terminada por el primer turno, a la mañana…, pero por desidia u otras razones nunca bien explicadas, el plan no fue cumplido, y la responsabilidad cayó sobre Alexander Akimov, jefe del último turno, y Leonid Toptunov, a cargo del régimen operacional del reactor, quien poco antes de morir por las atroces quemaduras dijo que había apretado el botón AZ-5 (Defensa de Emergencia rápida), pero fue demasiado tarde…

Día a día crecieron las letales consecuencias. Muy poco después de la explosión, mil personas sufrieron la mayor dosis de materia contaminante: muerte segura a corto o largo plazo…

La onda expansiva afectó, también en distintos grados, a las seiscientas mil almas que trabajaron en la descontaminación, a las cuatrocientas mil que vivían en las áreas más cercanas al colapso del reactor, y no dejó indemnes a ninguno de los cinco millones que vivían en pueblos y barrios de la zona alcanzada por los tentáculos del veneno.

Pero la tragedia padeció otro telón de fondo: la irresponsabilidad de los jerarcas del régimen soviético, que decidieron –como sucedió con todo cuanto ocurrió detrás de la Cortina de Hierro– ocultar el desastre. “Que el mundo no se entere”, fue la ridícula consigna: antes de esa reunión a puertas herméticamente cerradas…, Suecia, Suiza e Inglaterra ya habían recibido claras señales de la explosión.

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